jueves, 15 de mayo de 2008

Rapunzel

Rapunzel abre la ventana y lanza otra de las cientos de rosas regaladas, como parte del funeral de la esperanza del amor –el que saltó en la madrugada a través de esa ventana-. Tal vez debería cortarse el pelo, pero si tan sólo no fuera su identidad completa esa larga trenza…
Se la desarma y se peina. Lamentablemente los príncipes vienen con piojos de regalo, lo que hace más asquerosa la percepción del amor, transformadas en sexo “ocasional”.
Rapunzel cuando no tiene visitas en su cuarto duerme en el suelo y fuma marihuana para matar todas las neuronas que guardan gastados recuerdos nocturnos.
Colecciona botellas de alcohol y no de perfumes. Se depila las piernas y no deshoja margaritas. Come sin servicios y no da sutiles caricias. Su sonrisa de princesa incluye caries y hay mugre en sus uñas.
Rapunzel lleva tatuado “fly to me” sobre un seno y mientras tanto sus lágrimas se mueren de sed. Dejó de escribir en su diario porque no cree en la vida detrás del papel y las cartas que de vez en cuando lanza al viento se vuelven plumas al llegar al suelo.
Rapunzel está cansada que por sus trenzas suban hombres para compartir su cama, pero no para dormir, que cuenten cuentos antes de ir a acostarse y de que las paredes de su cuarto sean sin esquinas, que le recuerden que está encerrada en una torre.
Rapunzel esta noche decidió no beber ni fumar, embriagar al que llegue. Cuando este duerme, vestirse de hombre, cortarse los cabellos, bajar por su trenza y crear el rumor en el pueblo, que quien vive encerrada en la alta torre no es más que hombre que gusta lucir vestidos y ocultar su complejo masculino detrás de trenzas rubias, que él –Rapunzel- al descubrirlo, de venganza las cortó para que nadie comprobase su verdad.

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