Los ríos van a dar a la mar, pero a dónde terminan los canales. Están ahí sólo para pasar, son el agua que nadie quiere y que dirigen a un “afuera” desconocido para conseguir deshacerse de ella.
Los despistados la escuchan, las piedras intentan no dejarse llevar, el frío se esconde allí.
Siempre que camino de regreso a casa veo a niños buscando la corriente más fuerte, tirando palos, hojas, papeles y las ganas de ganar nada, queriendo alcanzar primero.
Tú a dónde estás mientras ocurren todas estas cosas. Hace unas semanas los canales del camino abandonaron el barro y le brilla el rostro a las horas de sol. Hay niños que se acuestan de estómago sobre unos pequeños puentes que conectan la calle con sus casas, persiguiendo la rama o la hoja que compite con otra (la del compañero) en la travesía oscura de la corriente. El misterio –actual- de jugar por divertirse. Hay un aromo al que le pesa tanto el olfato amarillo, que desliza sus ramas sobre el agua (tal vez quiere llegar más lejos o… se asfixia a sí mismo…). Hay perros que nadaron, hay estrellas que se miran en el espejo húmedo, hay pájaros y zancudos…
Yo, deseo tener el coraje de sacarme los zapatos, levantarme los pantalones, sentarme en uno de esos puentes donde los niños se recuestan y sentir no sólo con los oídos como corre el agua, que el hielo líquido circule en medio de mis pies e inventarle un olor concreto.
Sin embargo, me detiene la vergüenza de mis piernas, de mis dedos y mis uñas. Me detiene la soledad burlesca que aparece cuando otros llegan –con sus dos ojos acompañados-. Yo, sólo camino mientras escucho a esos niños, creyendo “avanzar”, sabiendo que no te encontraré y que te pierdes todas estas cosas: como el canal corriendo a su deriva desconocida, tal vez en busca de alcanzarte.
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