a base del "Viaje a la semilla", de Alejo Carpentier. que subo por sugerencia del profesor David Pincheira, a mi blog.
Tengo problemas pragmáticos. Sucede que prefiero tomar sopa en tazón, sin plato; que me siento en la mesa, en el suelo, en las escaleras, en el borde de la silla; con las piernas dobladas, media inclinada; que muevo las piernas, las manos, me muerdo los dedos, juego con mi pelo, de puro inquieta que soy. Hay días en que me gusta el desorden y no hago la cama en una semana, hasta cuando cambio las sábanas. Hay otros días que me aburro de la estructura y cambio de lugar las cosas, los muebles, los libros, el maquillaje, la ropa. Pero sin excepción, todos los días, por descuidada pierdo cosas, u olvido dónde las dejé, dónde las escondí y cuando las descubro me preguntó cómo llegó ahí y seriamente, ni idea.
Tengo problemas pragmáticos. Para mí el protocolo es lo mismo que el smog, nació por intereses económicos, contamina y todos nos enfermaríamos menos si no estuviera. Expreso lo que siento y eso, en un mundo protocolar generalmente molesta, tal vez es la envidia de la libertad-destapujada. Tiendo a comentar en los momentos que debería guardar silencio. Y lo peor de todo: tiendo a ser natural con las personas que les gustan las máscaras y ¡pucha! No entienden mi sentido del humor porque no me conocen. Y por ser una corrupta socializadora, me castigan con sus nucas.
Tengo problemas pragmáticos. No puedo evitar hablar con comida en la boca, es que los silencios largos en un momento tan importante como la comida (eso es íntimo), suelen desvirtuar la comunicación ¡me cuesta evitarlo!
Cuando cocino, lo pruebo todo. Cuando me equivoco, no me importa. Cuando me tropiezo, camino a carcajadas. Cuando miento, a los segundos, revelo sin que me descubran. Cuando interrumpo, pido perdón y puedo esperar. Cuando espero… espero.
Tengo problemas pragmáticos. Lo sé, es que no aprendí a crecer bien, sigo jugando a disfrazarme todos los días, igual que los niños; sigo comiéndome seco el cereal a escondidas; sigo mirando a la ventana en vez que al pizarrón; sigo interrumpiendo en este mundo de adultos, pero esta vez con las piernas largas, con senos talle B, con la ingle depilada, con caderas como cuna, con mi femineidad desangrada.
Y esto qué tiene que ver con el viaje a la semilla? Bien poco –en realidad, no quería que se pareciera–. Sucede que llegué al siguiente párrafo: “Desde ese día, Marcial –ojo, no Don Marcial –conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes”. Desde allí provienen una serie de descubrimiento y placeres que por su traje de “hombre grande” no tomó en cuenta, hasta que se le permitió vivir sin protocolos. Al retroceder un poco más, se narran sus travesías con Canelo, el perro. Hasta cuando pierde el lenguaje y se agrega “Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad”. Entonces, recordé que para mí la libertad son las palabras en todas sus deformaciones y malos usos. Lo que conlleva problemas pragmáticos, por las diferencias de códigos y así nacen, en consecuencia, las malas interpretaciones.
Finalmente, la casa se destruye, todo vuelve al inicio: todo desaparece. Me puse a pensar en esos tipos que comen afuera como si nada les importara, ni siquiera se preocuparon de lo que era su trabajo, es más, ni les interesaba la historia de la casa esfumada. O sea, pasamos toda la vida reurgidos, encasillados, privados de libertad, protocolizados, para qué? Para no dejar nada ¡joder! Precisamente ahora escucho la canción “yo soy” de Adanowsky, que puede ser un bohemio y mil cosas, pero también es el hijo de Jodorowsky, quien es uno de los locos más sabios que viven. Una de las estrofas dice:
El mundo no me encerrará.
quisiera ser lo que yo soy
cantar alegre mi verdad
dar sin saber qué es lo que doy
amar con toda libertad
Es verdad que la canción nunca será un clásico recordado por siglos, pero eso debería ser más o menos la vida, si finalmente será tan efímera y borrable. Nos preocupamos demás. Deberíamos ser auténticos, amar sin miedos, entregar sin pensar, sólo actuar por vivir. Vivir y disfrutar. Volver a la infancia, donde hacer reuniones en el enlosado del suelo es cómodo y aceptable, dejando de sudar en lo sillones de terciopelo. Deberíamos retroceder más que avanzar, después de todo, el progreso creó el smog… y el protocolo… y la fruta transgénica que a la larga, produce cáncer.
1 comentario:
No sé qué tiene tu blog conmigo, siempre me elimina los mensajes y yo soy fatal para recordar que debo guardarlos :/
Pero va, yo decía que Pincheira me dijo que tu ensayo estaba muy interesante. Y yo creo que es muchísimo más que eso; que es verdadero.
Me gusta comenzar las conversaciones por lo que algunos llaman ¿La mitad?, que porque me salté el saludo, el cómo estás, todo el protocolo y bla bla... Después de todo yo sé lo que quiero decir.
Coincido en la mayoría, en casi todo... Quizá en todo.
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