Hoy descubrí que no me quería. Que prefiere otras manos, otras ganas, otros sabores, otra voz. Otra risa ¿qué tenía mi risa que preferiste quedarte lejos? ¿te espantaron mis rubores? ¿o es que mis diecinueve te quedaron tan cortos que al saltar para sentir, caíste en las piernas de otra?
Yo sólo quería días de mar, días de música, días de gritos, días de esperarte, días de esperarme. Que alguien sonriera al verme llegar, que alguien desesperara por no aparecerme. Quería escribir poesía sin lápiz ni papel, que mis palabras chocaran con tu sombra y de fondo la nube que siempre nos canta. Quería romanticismo de espacios llenos y vacíos (de ti, de mí, de nosotros, del aire) y no cursilerías de corazones, de “te amo”s, de animales y diminutivos.
Desgraciada, me hiciste jugar con los colores del ocaso, me hiciste inventar verbos, me hiciste escribir composiciones líricas, me hiciste… pensarte cuando corría las cortinas –en las noches y en las mañanas-, cuando una mosca buscaba la manilla en la ventana, cuando me sacaba las horquillas del pelo, cuando intentaba descubrir si el piano tiembla de frío o miedo.
Pero tenían razón –y lo sabías –cuando decían que no me merecías, por eso te quedaste con ella, con la otra, porque ella si te llegaba a nivel y no te sobrepasaba. Ella no era mucho para ti como yo, manteniendo tu ego intacto, tu orgullo arriba y tus cualidades sin pisotear. Porque le tuviste miedo a que te reconocieran inferior… era más fácil buscarte a alguien que te llegara al hombro, o al pecho, o a la cintura que intentar ascender hasta mi sien.
Ser humano mediocre con muchas intenciones y pocas acciones. Me quedaste debiendo viajes, una partitura y nuestro secreto descubierto. Convertiste mi pena en miserable y mis escritos en inutilidades. Me obligaste a crear para destruir todo cuando pasaste. Sos lo que la ola para el viento, en el mar… sin embargo preferiste ser estanque, haciendo tu mierda no compatible con mi sal, entonces… No me queda más que mirarte desembocar en otras aguas, sentir que el sol es el único que me rosa la piel y hunde sus colores hasta el fondo y me resalta algo el brillo. Mientras otro desilusionado toca en la guitarra “Quien fuera”, de Silvio, a la orilla de la playa, dejando sus huellas marcadas en la arena, llorando a ratos, porque a quien ama, también hace música en los pelos de alguien más.
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