viernes, 13 de febrero de 2009

Si fuera Alicia Mir, escribiría:

Papá responde a mis abrazos, yo se los pido y me aprieta, y me besa. Pero mamá desde que le florecieron sus prejuicios hacia mí, me ha buscado (en un intento de reemplazo) en todas partes, anda más sociable, más cercana a los suyos e incluso habla con el perro. Creo que su gente tiene mucho que ver con el odio que ahora me profesa.

Las Brevas Podridas de sus hermanas (y su hermano) deben desahogar su basura en mi contra cuando su maquiavélica creatividad se los permite (la que fluye con extraordinaria facilidad cada vez que los habitantes de la Isla Tarapata se reúnen –a todo esto, aquellas juntas son mucho más frecuentes-).

Mamá está mal aconsejada. Si esto hubiese ocurrido un año atrás, se hubiera sentido culpable y tal vez hasta se habría disculpado. En cambio ahora sólo refleja una gran herida a su ego, excusándose que yo la “mate” al “rechazar a su familia” (¡ni siquiera a ella!). quizá ella tampoco entiende su odio. Lo que en todo caso, no fue así, y si lo fuera: su familia me rechazó primero, lo que nunca le afectó… si tan sólo se acercara a conversar a preguntarme por qué actué de esa manera.

Pero mamá nunca ha sido de esas personas que, como dicen, se ponen en los zapatos del otro, empáticas. Ella ve obstinadamente las cosas. Tal vez por eso con sus hermanos se han unido más, están teniendo cosas en común. En ese aspecto son todos iguales, desean que todos vean el mundo como ellos, en cambio yo deseo un mundo donde caigan todas las miradas, todas las voces. Mamá hasta hace poco, se humillaba e intentaba entender, aunque no le resultara, pero buscaba saber las razones del comportamiento de los otros. Ahora está ensimismada, actuando según los ecos de sus parientes.

El miércoles le pedí que me revisara la cabeza y respondiome que no tenía piojos, que si lo dudaba, existían cepillos para desarmarme los rizos. Hoy al almuerzo dijo que sería bueno que me fuera un mes al campo, me hubiese gustado decirle “me iré por un año a estudiar afuera, así no tendrás que soportarme más”, pero como siempre, a cuando me dan en la yaga, no digo nada, porque me concentro en no llorar.

Mamá, si supieras cuánto me duele lo desconsiderada que llegas a ser. A veces imagino que me pasa algo, que quedo inconsciente, o muero ¡cuánto sufrirías tú, mamá! Seguramente nunca dejarías de sentirte culpable, y andarías predicando del perdón, en vez de que tienes una hija desagradecida y malvada (como lo has dicho cada vez que es posible, en público). Me he preguntado si te das cuenta que todo lo que dices, se lo refieres a tu hija, que es a tu hija la que estás humillando y dejando mal parada.
La misma que te compra los regalos de mi hermana y de papá en tu cumpleaños, en navidad, la que prepara las sorpresas en el día de la madre… la última vez dijiste “chiquillas, se pasaron” mientras intentabas controlar las lágrimas. Cuando la noche anterior, mi hermana dijo que era ridículo, y yo tuve que hacerlo todo al nombre de las dos.
Y aunque detesto los protocolos me he detenido en ciertos detalles anuales porque sé que tú amas todo ese folclor y me dedico simplemente a hacerte feliz.
Me pregunto hasta cuándo durará tu rencor, si lo suficiente para que notes la diferencia este año.

Si tan sólo te detuvieras a analizar detalladamente lo que sientes ahora por mí. Pero eres el títere de los prejuicios de tus hermanos hacía mí. Los mismos prejuicios que se ven autorizados a gritarme y refregarme contra el piso, porque no quise ser partícipe de su cinismo. El despellejarme dejó de ser privado.

¡oh, mamá! Te extraño tanto… a pesar de que duele mucho estar a tu lado.

Me gustaría que te taparas los oídos cinco minutos, y en esos segundos me volvieras a querer.

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