dejé las dos ventanas de la cocina abiertas. no es que haga calor, ni que este hediondo, lo que pasa es que cuando salí a tender una toalla al sol, mi vecino se puso a tocar su piano. y mientras escribo, lo escucho y me pregunto en qué piensan los músicos cuando componen, o en cuántas veces he pasado esta oportunidad por poner la radio ¡uf!.
toda esta introducción para decir que cuando te enamoras enloqueses, irrazonas, nada es inalcanzable. que la única cosa que te puede bajar del olimpo es la desepción (sí, ese es el secreto para dejar de amar). pasó que me enamoré de un inerte, que era lo que yo hacía con él y por mucho tiempo me esforcé por agradarle (y de gustarme al escucharme) ¡pero soy tan imperfecta!
desde que se me dio la oportunidad de experimentarnos (porque de hace tiempo le hacía ojitos) dejé mucho de mí al lado, al punto que ya no leía libros, y a penas escribía porque me absorvía el reloj a chorros. y creía que me hacía feliz, pero lo que me hacía feliz no eran mis resultados con él, sino el sueño de lo que alguna vez seríamos, mis ganas de hacerlo más de una vez -en cientas- bien.
todavía le amo, con su traje negro, con sus dientes gastados, con sus cuerdas empolvadas... pero me doy por vencida: no soy pianista, ni lo seré tampoco. ahora mi amor hacía él es platónico, porque a pesar que escucharlo me extiende las alas, fueron pocas las veces en que disfruté a oídos mis dedos sobre él y sentados cara a cara, no hacía más que botarme las plumas. siempre fue un sueño y ahora su caja de madera es un gran témpano indiferente a mi presencia.
Insistí tanto...pero ahora que estoy en la u, y que me siento más sola que siempre, y que me he quedado con menos gente que con la que empecé, no son las teclas las que necesito, las que me socorren; sino las palabras, el libro, el lapiz y el papel. retomé el oficio (tal vez es propicio decir: volví a mi lugar), en estos días en que me la he pasado pegada a los libros ha sido maravilloso, no una tortura. ando fértil de ideas, como en una dimensión ajena al resto y lamento esos libros que me perdí por dárselo todo al piano, o las sugerencias de prosas que nunca desarrollé por falta de tiempo
¿me he postergado?
¿o simplemente mi mente inquieta quiso probar otros vehículos para viajar?
nunca supe para qué tocaba, ni siquiera lo podía hacer en público, ahora que lo he pensado y encontré las respuestas, perdió el encanto. me desepcionó.
pese a todo, no es la inseguridad la que me hace temblar, ni la pena (no por perderlo, sino porque nunca fue mío), es el miedo... que al dejarlo me dé cuenta que significaba más de lo que yo creí (que no es poco), algo así como cortarme las manos... cómo saber si lo que siento es correcto
¿cuándo cometo más errores, al seguir algo para lo que no nací, o al dejar de insistir?
Derik, mi vecino, sabe que su identidad está en el piano, e imagino que le dedica mucho, porque es su prioridad ¿no debería hacer yo lo mismo con mis cuentos? amo la música y el piano seguirá siendo mi instrumento favorito (el platónico), tal vez, de igual manera, serán los libros para algún pianista que desistió de escribir porque sabía que no lo hacía bien... pero sigue leyendo, y yo seguiré escuchando.
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