martes, 10 de marzo de 2009

Señorita Arcoiris

Pues bien, que entre mi casa “familiar” (thno) y mi casa “universitaria”, los días se pasan suspirando (no porque tenga ilusiones o amores, sino por lo rápido). Y cuando volví a mi hogar de orígenes -este fin de semana- encontré varias respuestas detrás de la puerta.
Hace un par de años, todos me reconocían por ser la señorita violeta. Mis accesorios y preferencias lo denotaban, y claro, esas eran mis preferencias. Pero desde hace unos meses me he fijado con el naranja y en sobreabundancia el amarillo mostaza, que me encanta.
Antes, tenía repugnancia por el amarillo, nunca lo ocuparía he incluso sentía que se veía horrible. Tal vez siga siendo así (porque al ser blanca, el amarillo me palidiza más), pero ya cuento con zapatos, cartera, y un vestido de ese color.
No quiero entrar en un tema estético, ni superfluo de cómo me visto (por mucho que esta entrada parezca lo contrario), es que… ¿cuánto puede transmutar la idea, de algo tan relevante como es, la percepción personal acerca de un color? Porque, después de todo, como nos vestimos le demostramos al mundo lo que queremos que ellos vean (a eso la importancia).
Cuando me senté en el sillón del living a sentir simplemente el aire de las paredes, de las conversaciones de antaño, de los juegos infantiles con mi hermana, de los abrazos a mis padres; descubrí que me vestía de mostaza porque quería llevarme esos recuerdos a todas partes. Mi living es amarillo. Y aunque al principio le hice guerra a mi mamá por tan mal gusto, ahora llevaba un retazo de él en mi maleta.
Es curioso todo esto, y me pregunto si fuera café, sería aquel color el de mis preferencias en vez de este otro. Es chistoso también, que tampoco me gusta el verde (y todavía), pero en algo así como el 30% de mi closet predomina tal color (que no es menor). Para los que me conocen, aludirán de inmediato la relación con mi hermana, a la que he extrañado tanto, que me he vestido todos los días con gotas de tinta verde.
Estoy muy feliz aquí, en Chillán. Estoy cómoda y me gusta el estilo de vida que se lleva. Cuando regreso a mi hogar también me encanta, creo que de cierta manera deseo que mis papás vendan todo lo que tienen y se vengan para acá. Lo digo consciente, y con algo de pena porque suena un poco egoísta, pero no lo es, en absoluto, tal vez quiero que ellos se sientan tan bien como yo en este lugar.
Concluyendo, el otro día, los de básica me gritaron hippie, por lo artesanal y colorida que estoy. Me decepciona, no quiero parecer de ningún segmento, incluso me da vergüenza la mayor parte del tiempo andar vestida como lo algo en un lugar como este, en donde parezco tan distinta a todos. O usar el negro, o mis “pantaletas” (esos chores ultra cortos), porque puede parecer muy contradictorio. Simplemente soy, quizá llena de paradojas, con gustos mezclados (como fusiones musicales), y de un tiempo a esta parte –desde que decidí estudiar aquí- con las cortinas de mi casa en los zapatos, las preferencias de mi hermana de pantalones, y mi identidad almacenadora de recuerdos en el vuelo de un vestido.

5 comentarios:

Selene V dijo...

Dios hará el cambio, después te vestirás como todos los de allá xD

Yobber Gut Vas dijo...

Como dicen por ahí, no esperes que el mundo se adapte a ti, adapta el mundo a tu estilo. Porque si nos sentimos bien como nos movemos(y no hacemos daño a nadie con nuestro accionar) entonz me importa un bledo lo que otros digan u observen. Bueno que quieras tu felicidad no sola, sino con tu familia.

Saludos internacinales.

Yenny dijo...

Karihouse: maraca!
yoyober: es que es tan difícil sentirse parte del mundo.

Selene V dijo...

jajajja
tú sabes que es verdad.

Yenny dijo...

Karihouse: creeme, el 70% de los alumnos de la u no son adventistas; los mismos que se visten ultra bien, fashonísimos. o sea, en todo caso, la moda en Chillán están un poco atrasado en comparación con la de Concepción. y ayer cuando regresé, amé Concépción, es tan otra onda.